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Una historia de siempre

| Met Ópera

Una historia de siempre

Por Laura Galindo

Violetta Valéry era una cortesana, una entretenida, una traviata. En español una extraviada y, sin eufemismos, una puta. Una de esas heroínas marginales que tanto le gustaba tener a Giuseppe Verdi en sus óperas -solo hay que pensar en El trovador o en Rigoletto para notar su debilidad por jorobados y brujas-, una contradicción de las virtudes femeninas de la época, y una crítica directa a la doble moral que la condenaba de día y la glorificaba de noche.
 
Era, además, una mujer rica que supo hacer fortuna con el amor de los hombres y acomodarse entre los despilfarros de la burguesía. Alta, delgada y pálida. Hermosa. Con esa belleza mortuoria que le daba la tisis y que las mujeres sanas intentaban simular tragándose litros enteros de agua con vinagre. “Nunca estoy más bella que cuando me estoy muriendo”, dice Greta Garbo en la película Camille.
 
Y es que para los románticos tener los pulmones destrozados por el bacilo de Koch era un privilegio exclusivo de las almas sensibles. Una renuncia a lo mundano, a lo trivial. Una sublimación del cuerpo para fortalecer la mente. Chopin, Modigliani, Bécquer, Kafka, Pergolesi, Chéjov y las hermanas Bronte. Todos tosían su grandeza hasta manchar el pañuelo de sangre.
 
Pero Violetta era, sobre todas las cosas, una mujer que en 1853 vivía bajo los ideales de una revolución a la que todavía le faltaba un siglo. “Siempre libre y gozando de la fiesta. Quiero que mi vida transcurra por los caminos del placer”, cantaba como declaración de principios al final del primer acto. Libertad, igualdad, derecho a elegir: las consignas de la revolución sexual vueltas música en su voz de soprano. Sempre libera... Dee volare il mio pensier.
 
Violetta, antes de ser Violetta, fue Marie Duplessis, una prostituta normanda que enamoró a Alejandro Dumas (hijo). La relación duró poco. Como ella era una mujer acostumbrada a lujos y él un escritor sin fortuna, ambos acordaron que seguiría viendo otros hombres para mantener su posición económica, pero a Dumas le ganaron los celos y el orgullo y terminó dejándola. Usando su propia historia, escribió La dama de las camelias y convirtió a Duplessis en Marguerite Gautier, borró por completo la escena de celos y la obligó a morir sola entre los sudores de la tisis. Es esta la versión que, cinco años después, inspiró a Giuseppe Verdi para componer La traviata.
 
La historia final quedó así: Violetta y Alfredo se conocen en una fiesta, se enamoran y se van a vivir juntos. Giorgio, el padre de Alfredo, le pide a Violetta que lo deje porque su pasado de prostituta está manchando el apellido de su familia. Ella se sacrifica, él cree que ha sido engañado y todo termina mal. Cuando Alfredo se entera de la verdad ya es demasiado tarde y Violetta muere en sus brazos. Gran Dio! Violetta!
 
La traviata fue estrenada el 6 de marzo de 1853 en el teatro La Fenice de Venecia y como era de esperarse, fue un fracaso. Los motivos fueron varios. Por un lado, la sociedad no estaba lista para una protagonista irreverente que no llevara cosidos los valores cristianos, que no fuera casta, pura y bondadosa. De nuevo, sin eufemismos, para ver a una puta en el primer renglón.
 
Y por el otro, el papel de Violetta lo hizo Fanny Salvini-Donatelli, una cantante aclamada por sus interpretaciones de Donizetti, pero demasiado vieja y demasiado gorda para pasar por una hermosa tísica moribunda. Cada vez que Salvini tosía los asistentes se torcían de risa y en la escena final, la más conmovedora y dramática, estallaron en carcajadas cuando el médico le dijo a esa Violetta pasada de kilos: “La tisis no concede más que unas horas a tu belleza”.
 
“Siento tener que darte una muy mala noticia, pero no puedo ocultarte la verdad”, le escribió Verdi al día siguiente a su amigo, el editor Tito Ricordi, “La traviata fue un desastre...Mejor no hablemos sobre las causas”. Y a su alumno Emanuele Muzio le reportó que el estreno había sido ”un fiasco. ¿Es culpa mía o de los cantantes?”
 
La obra se mantuvo por nueve funciones y luego fue archivada hasta que en 1854, el teatro San Benedetto, también de Venecia, se ofreció a ponerla de nuevo en cartelera, esta vez con mejores cantantes, una protagonista lo suficientemente tísica y la supervisión de Francesco Maria Piave, amigo cercano de Verdi y su libretista de siempre. “Que ironía”, dijo el compositor, “la misma audiencia y la misma ópera. Antes un fiasco y ahora un éxito increíble”.
 
La traviata es la ópera más popular en la historia de la música. Ha sido representada miles de veces y en sus papeles principales se han consagrado grandes cantantes: María Callas, Montserrat Caballé, Joan Sutherland, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti. Es también una crítica vigente: la denuncia de una sociedad desigual que mide a hombres y mujeres con moralidades diferentes. Es un acto de rebeldía, una voz de protesta, una historia de putas cuando dos siglos más tarde el mundo sigue sin estar listo para hablar de putas.
 

Disfrute de La Traviata el 15 de diciembre de 2018 y el 23 de febrero de 2019 en salas de Bogotá, Chía, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena y Manizales